No sé que suciedad de la mente, qué asociación de ideas-imágenes, me hace ver, o más bien imaginar, en esta foto a un grupo de músicos rumanos: gente de diáspora, rumanos romanís, músicos precarios, un grupo que de un momento a otro saldrá a tocar a la calle y pasará la gorra a la salida de un cine. Anacronismos del imaginario (pero la realidad es anacrónica, dice Borges), de sus eficaces conspiraciones, que se resisten a las evidencias del tiempo y de la historia: aún faltaban unos años para la ejecución sumaria del matrimonio Ceausescu. Aún no había gitanas rumanas limpiando los parabrisas de los coches en los semáforos de Madrid.
Pero no: basta con detener el revelado de ese primer cliché con el antídoto moral de la atención, para advertir que se trata de jóvenes bien alimentados, acaso profesionales, dichosos, incluso en su circunspecta concentración, de compartir el placer exquisito de hacer música juntos, la “aventura de la música hecha a mano”, como años después escribiría para un memorándum de prensa Alfredo R. Vidal, el guitarrista de la izquierda, el más rumano de la foto junto a José Lanao, el clarinetista de la derecha. Es la aventura del folk del acontecimiento (“La improvisación como folk: al improvisar debemos comportarnos como ABORÍGENES CIRCUNSTANCIALES DEL territorio llamado ACONTECIMIENTO SINGULAR, aborígenes cada vez de un territorio inaudito, un espacio, un tiempo, una comunidad efímera de actuantes y co-actuantes, cuyo sonido, cuyo ecosistema sensorial vamos a instaurar en cada ocasión, oficiantes o funcionari@s nómadas de una experiencia vivida”, así lo decía yo, el que lleva pañuelo al cuello, el que se parecía a Garfunkel), tocando yo un tecladillo Casio, éste sí, de rumanos callejeros (y aún añadí, delatando nostalgia de la inmadurez: “la búsqueda que nos hace folkloristas del acontecimiento lo es quizá siempre de ese trance mayor de nuestra humanidad: el que nos acaeció a la mayoría, de forma irrepetible, en torno a los 18 de meses de vida y que consistió en nombrar por primera vez las cosas”).
Y luego las cosas que escribiría Fonso, menos rumano, más parisino, más Boris Vian, en El jazz en la boca, o Chefa, la más gallega y por entonces clarinetista, en una tesis sobre la improvisación que perpetraría en Londres. Cuántos intelectuales, madre mía. Y qué frío polar antártico se padecía en aquel local de mierda.
La pandereta, la bolsa de plástico, la hoja seca ¡y la petaca, negra por fuera, de trago duro! El juego, el placer de jugar, sí, pero también de esa forma radical que propuso Caillois (Les jeux et les hommes. Le masque et le vertige) al hablar de la experiencia de los juegos de vértigo: “deslizarse, dejarse llevar por el torbellino del baile, el movimiento trepidante, la gesticulación convulsiva, el placer de la velocidad extrema, la embriaguez, las sensaciones intensas y brutales capaces de aturdir al organismo y de desconcertar su sentido del equilibrio, como las que proporcionan los artefactos de los parques de atracciones”. ¿Es esto así?
A los estudiantes les planteo una antinomia, es decir, la elección entre dos enunciados normativos en relación con el arte. El primero lo proponía Georges Braque. El segundo Juan Gris. Y dicen así:
Braque: Me gusta la regla que corrige la emoción.
Gris: Me gusta la emoción que corrige la regla.
Ustedes dirán (las antinomias no tienen solución lógica, sino práctica).
No llevamos territorio hecho: el territorio será el efecto, no la condición de nuestro trabajo ¡¿artístico?!: el artista, el primero que levanta un mojón o hace una marca (Deleuze y Guattari), el topógrafo, el agrimensor, quien traza un marco de tiza alrrededor de una mancha de la pared, quien rodea con una cinta imaginaria la pista de baile (y esa cinta no se ha podido medir en casa). Y, por si fuera poco, el deber de la custodia, la protección cautelosa de nuestro más preciado recurso: el silencio.
Otrosí, recuerdo el modelo comunicativo excepcional del concierto de rock (o el ritual dramatúrgico de Artaud): su poder de hacer vínculo y comunión fuera de las gramáticas del arte clásico, su potencia participativa, la producción concreta de acontecimiento y experiencia (en la improvisación no se puede engañar).
Éramos impostores. Mas polvo enamorado.